AGUA DE FREGAR por Cesc Fortuny i Fabré

viernes, agosto 18, 2017

Cesc Fortuny:

Me nacieron en Barcelona, mientras Morrison enviudaba a Pamela. Aprendí a domesticar armónicas y a exhibirlas en circos de pulgas, donde grandes hierofantes me mostraron el camino que lleva al gran agujero. Con oficio, albañiles de la palabra me han enseñado a alicatar mi casa. Me gusta surfear en olas de ruido, me gusta olfatear libros como el perro enganchado a la entrepierna, y en ocasiones, soy funambulísta de seis cuerdas. De muy joven me interesó el mundo audiovisual como herramienta para romper el discurso y el leguaje estructurado. Capturar un recuerdo y repetirlo fuera ya del ámbito de lo que denominamos realidad, ir mucho más allá y construirlo de la nada.

He realizado las siguientes residencias artísticas:

•    Un bonic jardí per a destroçar. Experimentación sonora para el proyecto Zé Pekeño. Centre d’art conemporani Konvent de Cal Rosal, (Berga, Colònia Rosal, Junio 2015).
•    El luto de los colores. Proyecto pictórico-poético integrado por Jaume Vendrell, Cesc Fortuny i Fabré y Marian Raméntol. Acrílico sobre lienzo sin bastidor de 2 x 2 m. Centre d’art conemporani Konvent de Cal Rosal, (Berga, Colònia Rosal, Septiembre 2011).
•    Metáfora, en busca del lenguaje único. Proyecto conjunto con Marian Raméntol en el que se experimenta con imagen, sonido y palabra en perpétua mutación. Centre d’art conemporani Konvent de Cal Rosal, ( Berga, Colònia Rosal, Agosto 2011).




Agua de fregar:

La siguiente es una recopilación de cinco relatos, uno de ellos dividido en dos partes, ambientados en una Barcelona eternamente anclada en los años noventa del siglo veinte. Se trata de una mezcla de vivencias reales y sueños completamente deformados por la memória. El protagonista es Max Torres, cuarentón, ocasional politoxicómano, militante bebedor, escritor de poca monta y ante todo antihéroe. Max Torres repasa con su mirada empañada por las drogas y el alcohol, la vida en una ciudad repleta de individuos abandonados al racismo y al sexismo, que practican con una devoción que al fracasado escritor, le repelen y lo atormentan por igual. El ambiente de Agua de fregar es falso, agobiante y teatral, como una máquina de tortura de cartón piedra, enmarcado en unos años noventa que nunca existieron. O sí


Sacos de mierda

    Conocí a los gemelos en una casa okupa del sur de la ciudad. Aquella noche habíamos ido a ver un concierto de ruido, Elena, Pedro, y yo, una pareja de poetas underground de Barcelona. La verdad es que a mí, lo que hacían me parecía una mierda, pero aunque me sorprendiera, tenían su público entre los cada vez más gilipollas que iban apareciendo en Barcelona. Veinteañeros con pelos teñidos y cortados con el culo, y un montón de pasta invertida en ropa, para parecer que no se gastaban nada en la mierda que llevaban.

    Era una fábrica abandonada que en los años noventa habían reconvertido en centro social, como tantos otros en una Barcelona que luchaba para no terminar envasada al vacío, y completamente esterilizada.

    Me apalanqué en la barra, a mi lado había un taburete vacío, y más allá del taburete, una rubia con unas rastas de dos dedos. Le tiré los tejos y le hizo gracia, así que me senté en el taburete vacío y me presenté. “Hola, me llamo Max Torres.” Ella sonrió y bebió de su vaso de plástico, tenía los labios como un par de salchichas.

–Tienes unos ojos preciosos. – le dije mirando fijamente sus enormes tetas.
– ¿Te gusta el ruido? Mis ojos descendieron hasta su culo, llevaba unas mallas rojas, algo gastadas, que mostraban unas descomunales caderas. Pensé en seducirla con mi discurso intelectual.
Intercambiamos un par de frases más y me dio una patada en los huevos.

    Elena y Pedro, estaban en primera fila, viendo el concierto, bueno, en realidad viendo como un tipo removía un montón de cables y de pequeños aparatos que golpeaba con furia produciendo un ruido infernal, mientras un montón de pelos teñidos, se agitaban siguiendo el ritmo totalmente ausente.

    Nos fuimos de la casa y yo propuse que nos metiéramos en una bodega y compráramos vino,  Pedro comentó que llevaba una caja de tramadol y nos dió una pastilla. Fueron cinco litros de moscatel en una garrafa de plástico. Nos fuimos andando o dando tumbos y subiendo hacia el norte mientras vaciábamos a tragos la garrafa.

    Llegamos al barrio de Gracia, nos metimos por la calle Torrent de l'Olla y seguimos hasta que pasamos por la plaza del Diamant y luego subimos por Verdi, la verdad es que no recuerdo muy bien cómo fuimos a parar al bar que nos cobijaba en más de una escapada nocturna, había cambiado varias veces de dueño pero nosotros seguíamos entrando y tomando algo de vez en cuando. Bebíamos, y comíamos unos aceitosos buñuelos de acelga que a mí me daban náuseas, pero que a Elena la volvían loca. Si es que eso era posible. De hecho a Elena le volvían loca las acelgas, zanahorias, lechugas, espinacas, tomates, y todas esas cosas sin ojos.

– Vamos a comer esos buñuelos de acelga. – recuerdo que propuso, y a mí me dieron arcadas.

    A Pedro le daba igual una fabada con chorizo que una tortilla de tofu. Fumaba porros como un cabrón, y siempre tenía un hambre atroz, o eso decía él, aunque yo creo que era una escusa. Lo que más me jodía era verlo comer como un cerdo y no engordar ni un gramo. Era un tipo esquelético, enclenque, casi enfermizo, un puto anoréxico vamos. Cuando no tenía la pipa en la boca, tenía la boca de ella, y cuando ella no tenía en la boca la boca de él, tenía su polla. Parecían piezas de un mecano, montándose arriba y abajo, daba gusto verlo, y un poco de asco.

    Nos sentamos y encendí la pipa mientras Pedro pedía los putos buñuelos. Elena se fue al baño con prisa.
    Pedí una botella de vino y empecé a beber, pensé que los buñuelos entrarían mejor con anestesia.
    La camarera tendría unos cinco años, en cada dedo de la mano, aunque le sentaban de puta madre. Vestía con una minifalda atigrada y llevaba una camiseta de Kortatu. Parecía mucho más joven, pero en las distancias cortas, el arado del tiempo la delataba.

    Elena tardó un buen rato, era su especialidad, cuando estuvimos en Marruecos, un poco más y tenemos que pedir auxilio en la embajada. Nos metimos en una cafetería de Marrakeck, y Elena se fue al baño. Al cabo de un rato apareció un tipo vestido con chilaba, vociferando en francés.

–¡La chica lleva droga! voy a llamar a la policía. Nos costó más de dos horas convencer al dueño de que Elena era diabética y que por eso se metía la insulina por la nariz. Bueno, dos horas y una bolsita de lo que se había metido Elena.

– Elena ha pillao keta –. dijo Pedro lamiendo el papel de fumar y enrollando el porro. Luego se levantó y se fue al baño. Me quedé solo como tantas veces y pensé que beber un poco más ahogaría el aburrimiento, aunque en el fondo ya había descubierto que el cabrón sabe nadar muy bien.

    En la mesa de al lado, se sentaron dos tipos que se parecían mucho, metro ochenta y bastante voluminosos, aunque con unas ojeras y una palidez, que parecían salidos de “28 días después”.

    El par de zombis, pidieron comida a la camarera y mientras esperaban se tomaron unas cervezas. Bebían en silencio, y el de la espesa barba cabeceaba de sueño. El otro se fijó en mí, me dedicó sus dientes y levantó la mano para saludarme. “Ya ves, aquí, currando.” lo decía sin energía, como un yonqui exhausto. “Sí, hay que andar con ojo en el currele.” dijo el de la barba mientras se zampaba con desgana un plato de patatas fritas con dos bistecs que acababan de traerles. Pensé que trabajaban en el bar, o que eran los gorilas de algún pub cercano y era su hora de cenar.
Llegaron Elena y Pedro y pedimos esa mierda de buñuelos.

– Esos buñuelos tienen que estar de puta madre –. nos dijo el tipo de la barba.
– A mí me dan arcadas – . dije yo.

– Me llamo Juan, y este es mi hermano Víctor.
Sus ojeras me parecieron mayores, en contraste con su barba algo canosa.

    Pedro sacó su pipa y empezó a llenar de humo nuestros pulmones.
– Joder Pedro, podrías comprar tabaco en lugar de hacer las mezclas esas con colillas de puro. Si quieres te paso yo del mío.
– No me gusta el tabaco de las tiendas, esto es más ... auténtico, reciclando, ya sabes, hay que aprovechar los materiales que nos brinda la naturaleza.
    Para Pedro, la naturaleza estaba en la calle, en los contenedores de basura, en los descampados, en las papeleras, y se pasaba horas descubriendo los frutos que le ofrecía. Recuperaba, como a él le gustaba decir, ropa, muebles, comida, y por supuesto tabaco. Con la poesía no se gana mucho dinero. Aunque sea mala.

    Elena permanecía con la mirada al frente, con su pálida mano aguantándose la cabeza, como si se le fuese a caer de un momento a otro. De hecho en algún momento se le cayó rodando.
Mientras pensaba en la peste de los buñuelos mezclada con el humo de la pipa, apareció la camarera y se situó de espaldas a la mesa de los dos tipos. Apoyó las manos en nuestra mesa y le dedicó una sonrisa a Pedro. Pensé en el espectáculo que ofrecía a los dos hombres, el de la barba, Juan, le clavaba los ojos en el culo, mientras intentaba sonreír, aunque parecía que se fuese a dormir de un momento a otro.

–  ¿Como están estos buñuelos? La camiseta de Kortatu se le apretaba como un fin de semana.
– Bien–. dijeron Elena y Pedro con los ojos pequeños como cuchilladas y las mandíbulas balanceándose de un lado a otro, yo me limité a sonreír.
    Se acercó un poco más a nosotros, inclinándose hacia la mesa,  Juan se atusó la barba y abrió los ojos como si le estuvieran retorciendo los huevos.
– ¿Esos dos de ahí atrás, os están dando la paliza?–  dijo en un susurro que me puso los pelos de punta.
– Parecen buena gente –.  dije en voz baja y con mi mejor sonrisa de borracho. La rubia se apartó, supongo que por mi aliento y le acarició la mano a Pedro mientras se incorporaba.
– Celebro que os gusten los buñuelos, los hago con mucho amor–. dijo en voz muy alta, casi gritando, mientras le guiñaba un ojo a Pedro. Yo me limité a sonreír como un imbécil.

    La rubia se fue hacia la barra meneando el culo como Kim Kardashian, y mientras fregaba un par de vasos, no paraba de dedicar sonrisas y miradas a Pedro, que seguía absorto fumando en pipa.  Elena dejó escapar una mueca, como una sonrisa acompañada de una especie de mini estornudo, se quedó con una sonrisita idiota mirando a la nada, mientras sus ojos seguían empequeñeciendo.
    A Juan y a Víctor, les trajeron un plato de judías con conejo y unos callos, y siguieron comiendo con la misma desgana que antes.  Me levanté y me fui a la barra.
– Hola, perdona...
– Julia –. dijo secamente.
– Me preguntaba si me servirías un poco de absenta.
– Claro – . Se secó las manos en un trapo mugriento y se acercó al estante que tenía detrás, empezó a repasar las botellas.
– Mi hermano lo cambia todo de sitio –. dijo mientras se frotaba las manos despreocupadamente en las nalgas.
– Se acercó a mí para servirme.
– ¿Te importa si me la sirvo yo mismo?
– No hay problema.
– Necesito un terrón de azúcar, una copa grande, una cucharilla y una jarra de agua muy fría.

Me miró con curiosidad y se sonrió. Me dio un bote con terrones de azúcar y una cucharilla, y se volcó en el arcón frigorífico unos segundos removiendo dentro, como si quisiera rescatar un tesoro. Estaba completamente de espaldas, se dio la vuelta y se percató que le miraba las piernas, me sonrió.

– Toma, tendrás que usar la botellita de agua, no tengo jarras –. soltó una carcajada burlona.

Me serví unos tres dedos de absenta en la copa, y puse el terrón de azúcar en la cucharilla, que dejé descansar en los bordes de la copa, sin meterla dentro. Ella me miraba con curiosidad. Luego empecé a verter el agua de la botellita muy despacio hasta que la absenta se fue transformando en una leche con tonos verdes, como un remolino de veneno lácteo.

– ¡Joder!  Dijo la rubia.
– Es para que se despierte la serpiente que vive en la absenta –. Dije mientras le ofrecía la copa, intentando parecer lo más interesante posible. Bebió un buen sorbo, y cerró los ojos deleitándose.
– Nadie se la toma así, todos la beben en chupitos.
– Ya.
– Es una delicia, ¿quieres otra? invita la casa –. Me encogí de hombros.
– A propósito, me llamo Julia –. acercó su cara a la mía.
– Ya me lo has dicho –. le di un beso en la mejilla, percibí el olor de su champú.
– Lo sé ... – dijo sonriendo y fingiendo timidez –. ... era para saber el tuyo.
– Me llamo Max –. paseó la lengua por el borde de su copa. Terminé de preparar mi absenta y le devolví el bote con el azúcar
– Me gusta tu nombre, ¿de dónde te viene? – siguió moviendo la lengua y jugando con el borde de la copa mientras bebía.
– Maximiliano, fue un emperador de México –. apuré mi copa de un trago. Llegó Juan arrastrando los pies.
– Oye Julia, ¿puedes hacernos unos macarrones?

    Miré hacia su mesa, Víctor estaba durmiendo frente a dos bandejas vacías. En la nuestra, Elena seguía en la misma postura en que la había dejado, con los ojos imperceptibles mirando al frente y con su sonrisilla de yonqui. Seguía sujetándose la cabeza. Pedro no estaba. Me habían dejado un par de buñuelos en mi plato. Me vinieron arcadas.

– Joder tíos, vais a reventar.
– Es lo que hay, el currele es el currele.
– Vale, pero yo voy a cerrar la cocina en media hora –. Su tono de voz había vuelto a ser tajante.
– Sí, nos comemos los macarrones y nos vamos.
– ¿Con carne?
– Y con queso.
– Julia, ¿crees que todavía estará abierto el restaurante chino de enfrente?
– Y yo qué coño sé. Ahora os traigo los macarrones –.  Juan fue a sentarse con su hermano.

    Julia ya no sonreía. Deslicé un papel con mi teléfono sobre la barra, y lo situé junto a su copa. Lo leyó.

– Oye, oye, que me caigas simpático no significa que quiera que me folles, emperador de México, más vale que vuelvas a la mesa o te pongas a buscar a Pedro. Y se fue hacia la cocina.

    No tenía muchas ganas de buscar a Pedro, así que simplemente me fui de allí. No volví a ver a los gemelos en mucho tiempo, casi en medio año, hasta que me los encontré en el mismo bar. Yo había venido de un recital poético con performance incluida, y conseguí arrastrar a Laura para tomar unas absentas. Ella era morena, alta y muy delgada, exageradamente delgada.
Entramos en el bar.

– Hombre Max, tú por aquí. Dijo Julia sonriente.
– Tengo buñuelos de esos que os gustan. Me dieron arcadas.
– Creo que no, hoy venimos a por unas absentas.
– ¿Qué clase de buñuelos son esos? – dijo Laura sentándose en un taburete de la barra.
– ... yo quiero probarlos.
– Lo ves, ella sí que quiere. Ahora mismo te los traigo.
- Gracias.
- Laura, no creo que eso de los buñuelos ... además, ya hemos cenado.
- De eso hace ya mucho rato, y unos cuantos buñuelos no nos sentarán mal.

Me dieron arcadas.

    Laura llevaba un vestido rojo hasta las rodillas, con enormes botones negros y unas medias también negras, con su bolsito de cuero y sus gafitas posmodernas. Apenas se pintaba, pero se teñía el pelo.
A medio camino entre Amélie Poulain y Ágata Ruíz de la Prada. Siempre hablaba de poesía, y sobre todo del feminismo en la poesía. Un coñazo.

–  Max, ¿has leído la reseña que hizo Pedro sobre Alejandra Pizarnik? – me levanté y me fui a mear.
Entré en una pequeña puerta pintada de azul, con un letrero hecho a mano que decía, “bambini”. olía a zotal.
    En el receptáculo donde estaban los urinarios, había también una máquina de condones. Compré un par. La máquina se tragó las monedas y no me dió nada. Mientras meaba, miré al techo, costumbre que al parecer compartimos muchos hombres, como si me fuesen a hacer una foto desde arriba y no quisiera estar desprevenido, me pareció ver una forma blanquecina asomando por la cisterna. Tiré de ella. Era una bolsa de plástico. La desaté y miré en su interior. Estaba llena de pequeñas bolsitas trasparentes, con un polvillo blanco. Volví a dejarlo todo como estaba y me fui a lavar las manos.
    Al salir vi en una mesa a los gemelos, se estaban zampando unas sepias a la plancha con patats fritas y unos calamares a la romana. Me senté en la barra, Laura me esperaba con una botella de vino y un plato de buñuelos.
Me dieron arcadas.

– Te decía que si has leído la reseña que hizo Pedro sobre Alejandra Pizarnik.
– Oye Julia –. dije mientras me servía una copa de vino.
– ¿Qué pasa con esos tíos, tienen la solitaria? –. bebí un trago.
– Esos tíos, llevan una vida muy dura, desde lo de la fábrica ya no han levantado cabeza –. dijo mientras cobraba a un tipo con el pelo teñido de azul.
– ¿Sí, ya veo que debe ser durísimo vagabundear y zampar como cerdos todo el día –. dije bebiendo otro trago.
– ¿Te gusta la poesía, Julia? –. dijo Laura con un buñuelo en la mano.
– Mira Max, lo de esos tipos, ni te lo imaginas –.  se fue hacia la cocina meneando el culo y dedicándome una sonrisa socarrona. Bebí otro trago. Laura tenía la mirada perdida en los estantes de botellas y masticaba un buñuelo con desgana mientras se sujetaba la cara con la mano.

    Pensé en lo que había dicho Julia y en los gemelos hartándose de comida hasta las cejas. Tenía gracia que eso fuese lo que Julia entendía por vida dura. Los ambientes de hijos de papá tenían estas cosas, les gustaba mezclarse con la clase obrera, con la clase “auténtica” a la que admiraban. En realidad se disfrazaban de clase obrera, con estereotipos tan exagerados que al final se creaba un abismo entre unos y otros. Cualquier obrero quería parecerse a la clase media, un buen coche, vestirse como un pincel los fines de semana, en fin, que cuando entrabas en un bar en el barrio de Gracia, y te encontrabas a un montón de ropas de segunda mano, pelos mal cortados, camisas sin planchar y un largo etcétera, estabas sin duda entre un montón de niños pijos.
Aquella noche, y viendo lo que me venía encima con Laura, decidí largarme de allí.

– Laura.
– ¿Sí?
– Me voy.
– Vale –. se quedó allí sentada con los putos buñuelos, mirando a la pared.

    Salí del bar y me fui andando a casa.

    La noche en que me enteré de todo, había quedado en el bar con Carlos, un editor de tres al cuarto que había venido de Panamá hacía unos tres o cuatro años.
Le pagábamos un montón de pasta para que nos publicara, y luego él no distribuía ni movía de ninguna manera los libros.
Unos chavales insultantemente jóvenes, me habían pedido que participara en una antología de relatos cortos, y de paso me pidieron que hablara yo con el editor, que ellos lo pagarían todo y que yo sólo pusiera mi experiencia. Hay gente que no entiende que ser mayor, no significa tener experiencia en nada. Bueno, quizás alguna si tenga, pues lo que hice con Carlos fue beber hasta caer rendidos.
Mientras esperaba a Carlos, me acerqué a la barra.

– ¿Qué pasa Julia, hoy no están los gemelos zombi, zampándose un buey? – Julia estaba seria, con un aire un poco triste, no me sonrío como de costumbre.
– ¿No te has enterado, Max? – me di cuenta de que estaba un poco ojerosa.
– ¿De qué? – cogí un palillo y me lo puse en la boca.
– Hace unas semanas ingresaron en el hospital, estaban muy jodidos --. me sirvió una cerveza.
– ¿Se les puede ir a ver? – dije mientras bebía de la botella sin dar mucha importancia a lo que me decía.
– Murieron el fin de semana pasado.
– ¡Coño Julia!, ¿tan hechos mierda estaban? ¿Pero es que tenían alguna enfermedad jodida, o qué?  Dejé la cerveza en la barra. Julia calló un instante, me pareció que reprimía un sollozo.
– Nena, tranquila. ¿Qué ha pasado? – seguía cabizbaja, me dio la sensación que se reprimía para no llorar.
– ¡ay! Max ... eran buena gente ... sus hijos ... sólo curraban y … – balbuceaba de forma casi incomprensible.
– Quieres hacer el favor de calmarte, Julia. Tómate un coñac, te sentará bien –. me dio la botella y le serví yo mismo la copa. Bebió un buen trago y pareció calmarse. Me miró a los ojos más templada. Le cogí la mano entre las mías.
– Cerraron las fábricas, y el mundo se fue a tomar por culo para mucha gente –. bebió otro trago.
– Los gemelos eran de aquellos imbéciles que se pasan media vida preparándose para ejercer un oficio, o sea para que les den un buen curro y poder comprar un coche, un televisor ... – se paró un momento. Soltó mis manos y se frotó las mejillas, como recuperándose de algo muy traumático.
– ...en fin, una vida cómoda. Yo los conocí en el instituto, eran buenos tipos.
– ¿Pero se puede saber que ha pasado? – me bebí la cerveza de un par de tragos.
– ¿Quieres unos buñuelos?
– ¡Por favor Julia! –  ella se terminó el coñac.
– Un día se quedaron en el paro. Tienen hijos, familia y todo el rollo. Me dijeron que tenían un negocio entre manos. Trabajaban cerca de Horta, y allí en el sector más antiguo del barrio hay muchos huertos y casas con jardín, así que como les conoce mucha gente, pensaron en montar una empresa familiar de arreglo de jardines y de huertos – cogió una servilleta de papel del mostrador, y se sonó la nariz con fuerza.
– Qué apañados. Ponme otra –. Me puso otra.
– No les fue mal al principio. Tenían clientes, sobrevivían, estaban contentos. La cosa se complicó cuando empezaron a especializarse en el abono –. paró un momento y se sirvió una cerveza.
– Se les metió en la cabeza que podían vender abono y sacar más pasta que con los servicios, y además sin tanto curro.
– ¿Pero todo este rollo, qué tiene que ver con que estuvieran enfermos, Julia?
– Déjame Max, esto tiene su rollito –. hizo un gesto juntando el índice y el pulgar de la mano derecha, mientras se encogía de hombros. Luego bebió un trago largo.
– Empezaron a vender abono, y la cosa les iba mejor que antes. Pero a Juan, que era el de las ideas, se le ocurrió que podrían cagar en una saca y luego venderlo con el abono para ahorrar en materia prima –. Ahí el alto lo hice yo.
– ¡Joder Julia! ¿Me estás diciendo cariño, que se dedicaban a vender su propia mierda en sacos? –  Me terminé la cerveza en varios tragos.
– ¿Sabes lo que cuesta un saco de guano de murciélago Max?.
– ¿De qué?
– De mierda de murciélago.
– La verdad es que no.
– Se les fue de las manos –. Pensé en que en realidad se les había ido de los culos.
– Cada vez querían ahorrar más, así que empezaron a vender exclusivamente lo que cagaban, lo llamaban abono superconcentrado, y decían que se tenía que mezclar con el otro.
– ¡Coño tía!
– Empezaron a usar laxantes y a comer a un ritmo exagerado, en poco tiempo se dedicaban a comer, cagar y vender, no hacían otra cosa.
– ¿Pero qué clase de locura me estas contando?
– Yo se lo decía, os vais a destrozar la salud. Y así fue, y ahora se han ido, ¿lo entiendes Max? se han ido para siempre –. Julia se fue lloriqueando hacia la cocina, con las manos en la cara y moviendo su gelatina trasera.
    Me quedé un buen rato mirando la cerveza vacía. Era temprano y en el bar todavía no había casi nadie. A esas horas, la gente apenas había terminado de trabajar, y empezaban a aparecer en los locales para tomar algo. Dejé el dinero en la barra y mis pies me arrastraron a la calle. Hacía fresco y empezaba a oscurecer. Miré dentro por última vez, Julia estaba haciendo sus buñuelos.
A mí me dieron arcadas..