JORGE OSCAR BACH. Una nueva tendencia narrativa en “Historias del fin”, por Ricardo Rubio.

viernes, octubre 20, 2017

Ricardo Alfonso Rubio (Buenos Aires, 11 de mayo de 1951) es escritor, novelista, poeta, ensayista y dramaturgo argentino. Ha publicado también ensayos, dos de ellos sobre la poesía paraguaya y Elvio Romero, y un tercero con la antología de poesía inédita y estudio preliminar de la poeta Emilse Anzoátegui, su mentora, con quien empezó a frecuentar reuniones literarias en 1969. Dado el golpe militar de 1976 en Argentina, mudó su poesía, hasta entonces social, a una forma suspicaz, nuevo esquema que desde un principio aparece como natural. Los mismos temas y formas se proyectan en su narrativa. En dramaturgia se ha inclinado por el naturalismo de modo casi permanente. Sus primeros poemas publicados, aún de corte social, aparecieron en 1978 en un díptico que llevó por nombre Invención de lo maravilloso y aproximaciones al margen del ocio, que reunía 16 trabajos. En 1979 publicó Pie a pie, algunos pasos, con poemas de adolescencia. Recién en 1986, Pueblos repentinos, su quinto libro de poesía, recogerá trabajos escritos durante la dictadura con un opúsculo dedicado a la llamada Guerra de Malvinas. Su primera obra narrativa publicada fue Calumex, en 1982, novela de ciencia ficción. Dirige el Grupo Literario La Luna Que desde 1980 y las ediciones literarias que ese grupo produce. Ha dirigido y dirige varias revistas, destacándose: La Luna que (se cortó con la botella) y Tuxmil. Con el poeta, narrador y traductor Antonio Aliberti dirigió la revista bilingüe (castellano-italiano) Universo Sur, que en sus cuatro apariciones difundió un número importante de poetas argentinos en Italia. Ha conformado y editado numerosas antologías de poetas y narradores argentinos, en Argentina y en Paraguay. Como dramaturgo, se han estrenado once de sus obras teatrales, una de ellas en Madrid, y una obra de títeres. Sobre su obra poética, Graciela Maturo ha escrito La palabra revelatoria: el recorrido poético de Ricardo Rubio (Sagital, 2004 y 2015). Fragmentos de su obra han sido traducidos al francés (por Alba Correa Escandell y Françoise Laly), al italiano (por Antonio Aliberti, Enzo Bonventre y Marcela Filippi), al alemán (por José Pablo Quevedo y por Johannes Beilhartz), al ruso (por Andrei Rodossky), al búlgaro (por Sascho Serafimov), al gallego y a l inglés (autotraducción), al rumano (por Dumitru M. Ion), al albanés (por Jeton Kelmendi) y al catalán (por Pere i Bessó).


JORGE OSCAR BACH. Una nueva tendencia narrativa en “Historias del fin”
Toda mujer u hombre, en algún momento de su vida, se hace alguna de las preguntas filosóficas elementales, si se me permite el exceso: algunas de las preguntas ontológicas elementales, aquellas que responderían el porqué y el para qué de todas las cosas, desde el punto de vista humano. Existe una enorme cantidad de libros sagrados, muchos de ellos escritos hace miles de años, en distintas latitudes y en innumerables idiomas, que demuestran que nuestra naturaleza a través de los siglos se ha preocupado por su conciencia de ser. Y acaso esa es la escritura: un intento de comprender, aferrar lo que sucede a través de la descripción de los sucesos, sucintamente y sin mentir: lo que nos sucede, apenas tergiversado. 

Según el notable narrador mexicano Juan Rulfo: “Todo escritor que crea, es un mentiroso. La literatura es mentira”, pero luego sigue: “de esa mentira sale una recreación de la realidad. Recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.

Estas recreaciones de la realidad, estas Historias del Fin, de Jorge Bach, se ajustan a esa idea, la idea de la referencia de la realidad de un modo novedoso e inspirado, y puedo decir que ha logrado, dentro del espectro literario que conozco, dar también con los preciados caminos que todo autor busca con ardor: una voz particular y un estilo que lo caracterice, es decir, aquello que es lo más difícil de lograr cuando hablamos de arte. Él ha encontrado su propia voz, ha encontrado su cualidad.

Como no es oportuno adelantar en una presentación las tramas de los textos, me ceñiré de un modo general a esa pluma particular que Jorge Bach ha conseguido imprimir a su narrativa, y lo prueba con su primer libro de cuentos editado. 

Sería muy difícil hallar un antecedente del discurrir de estos relatos –cosa que es muy natural al momento de analizar una obra, es una obligación académica buscar comparaciones-. 

Algunos pasajes, la ceñida síntesis de Historias del fin me sugirieron muy ligeramente una obra: Martedina, del italiano Giusseppe Bonaviri. 

Martedina es una nouvelle o pequeña novela, también contemporánea y también muy recomendable, y cuya relación traigo a cita por lo ajustado del discurso que manejan tanto Bach como Bonaviri. 

Pero no solo se trata de velocidad o de síntesis, también el narrador argentino Mempo Giardinelli tiene en su narrativa muchos pasajes veloces, incluso Borges y Bioy Casares practicaron mayormente la síntesis, pero el modo en que lo hace Jorge Bach, el juego que utiliza para no decir lo que no quiere decir y para advertirnos que allí está lo que no dice, es único en el género.

No es raro que de este modo nos incluya en sus narraciones; nosotros, sus lectores, debemos estar allí para completar la historia con el oleaje de nuestra psiquis.

Cada cuento tiene de suyo la frescura de este nuevo milenio, frescura que se apoya en la agilidad discursiva y en un vocabulario variado que da forma a la exposición novedosa, que no solo se acomoda al tiempo en que vivimos sino también propone una nueva estética. Tenemos también todo lo que se refiere a los argumentos, donde lo cotidiano se convierte en carga cardinal, intrigas que podrían haber sucedido o que pueden suceder; lo atractivo del imponderable, de lo inesperado, el misterio y los sucesos asombrosos, un juego donde las palabras son cómplices del ingenio: lo que en un momento nos parece atrapado por nuestra percepción se nos fuga, desaparece; lo que a cada paso estamos pensando que sucederá, finalmente no sucede o sucede de otro modo; y no utiliza la estrategia del engaño, habitual en los cuentistas tradicionales, no; en Historias del fin hay alusiones, alusiones de asuntos muy objetivos que componen alegorías donde la moraleja no se expresa, pero está allí, a muy pocos pasos. 

El suyo es un estilo que yo llamaría de reticencia: por momentos solo se ve una parte de lo que el personaje ve y solo se sabe lo que el personaje quiere que se conozca, pues no delata sus pensamientos, o bien los delata, pero solo en parte. A veces no es el escritor quien narra, sino un personaje que se revela luego de avanzada la lectura.

En fin, más o menos de este modo aparece este formato narrativo que llamo ahora “reticente”. 

Consecuentemente, el lector no encontrará lugares comunes ni frases hechas que lo aten a la vaga generalidad ni a la consecuencia obvia. Considero a este último aspecto como muy importante, dado que el lugar común o la frase hecha no es sólo un elemento que se opone al arte sino también el modo de demarcar entre un trabajo literario mediocre y otro de excelencia. 

Un lenguaje cuidado, un tono formal y moderno, la novedad en el tejido de las tramas, las estructuras compositivas donde la realidad se cuadricula, gesticula, salta de un paisaje a otro; las frases ingeniosas, la ceñida síntesis son los elementos que se ocupan de generar este estilo que llamo reticente.

Pero también en estas Historias del fin se manifiesta la responsabilidad filantrópica de Jorge Bach en su oficio de escritor, donde la familia ocupa un lugar preponderante, se preocupa de las situaciones de todos los días, de las cosas posibles y de las aparentemente imposibles, y las presenta con este nuevo cariz, con este nuevo estilo. 
Y para aquel que valora la entrelínea y la simbología, encontrará muchos tópicos con los que se acentúa el valor ético las narraciones.

No estaría de más expresar que Historias del fin cumple con todos los requisitos del lector exigente, habituado a las buenas obras, a las buenas lecturas.

Ricardo Rubio 


RONALD, por Jorge Oscar Bach

Ronald opinó que la vida del escritor es ajena a su obra. No le respondí y continué regando el rosal.
Le regalé un gajo a Emilia. Fue el primero. Dos años atrás el rosal agonizaba en una maceta, lo trasplanté y rejuveneció. Diez años antes mi padre lo había heredado de mi madre.  A ella se lo había regalado abuela, quien también le dio un gajo a cada uno de sus otros tres hijos, hace ya treinta y tres años. Sé que ellos aún los tienen en sus jardines. No son los gajos originales sino que crearon otros. Los primitivos se secaron; aunque, en realidad, no lo hicieron.
Hasta ahora no les pude regalar a mis hijas gajos de este rosal, todavía no se fueron de casa; pero cuando lo hagan, lo haré, o cuando estén preparadas o lo sienta. De momento, decidí crear otros rosales que serán el mismo: las flores son siempre las mismas y distintas, de rosado intenso.
Los regalo a la gente que quiero. El rosal lleva mis afectos, todos mis años, la ascendencia y la herencia. No sé quiénes viven en él ajenos a la familia (indolente, alguien habrá robado un gajo y otro lo habrá recibido con apego). Pensar en ello me atemoriza. Soy su autor y continuidad, y el rosal lo es de mí.
Creo que no le podría regalar un gajo a Ronald; pero tampoco se lo negaría.



 Jorge Oscar Bach (Argentina, 1962)

Nació en Buenos Aires. Es poeta, narrador y ensayista. Profesor de Castellano, Literatura y Latín, Licenciado en enseñanza de la Lengua y Comunicación (Univ. CAECE), Magister en Comunicación, Cultura y Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado en poesía: Jazmines de la calle oscura (2012); El otro que habito (2016). Ensayos compartidos: “Profe, no tengamos recreo” (2010); Medios y Comunicación. De la experiencia al modelo pedagógico, Universidad Santo Tomás, Chile (2004); La re-evolución de la Palabra, cuentos y poesías (2014); Poetas sobre poetas III (ensayo, 2016); Artículos y guías didácticas: Artículos pedagógicos (2002); Jugando con Clase, Revista pedagógica bimensual; El personaje: el autor en el exilio, DC de Cariló (2016).